No todo lo que coincide en el calendario coincide en significado
Cada año, al comenzar la Cuaresma, se produce una escena que, al menos a muchos creyentes, nos invita a reflexionar. Mientras la Iglesia nos llama al silencio, a la conversión y a la sobriedad, el entorno social continúa celebrando con tono festivo lo que, desde la fe, es el inicio de un tiempo penitencial.
El Miércoles de Ceniza no es una transición folclórica tras el Carnaval. Es el comienzo de un camino exigente. Cuarenta días para revisar la vida, para reconciliarnos, para ordenar el corazón. La ceniza no es un símbolo decorativo; es un gesto sencillo y serio que nos recuerda nuestra fragilidad y nuestra responsabilidad ante Dios.
Sin embargo, en esos mismos días se organizan actos públicos como el tradicional Entierro de la Sardina, con carácter festivo y desenfadado. Forman parte del ámbito cultural y popular, y como tales pueden tener su lugar. Nadie cuestiona la convivencia ni el valor de las tradiciones vecinales. Pero no forman parte del tiempo litúrgico. Y cuando se presentan como la manera “oficial” de cerrar una etapa e iniciar otra, inevitablemente el mensaje se confunde.
Conviene decirlo con claridad: no todo lo que coincide en el calendario coincide en significado.
También es legítimo preguntarnos si, como sociedad, estamos sabiendo respetar el sentido profundo de los tiempos que forman parte de nuestra tradición cristiana. Porque más allá de lo cultural o lo festivo, estos momentos tienen una raíz espiritual que ha configurado durante siglos nuestra manera de entender la vida, el sufrimiento, la esperanza y la trascendencia. No son simples fechas señaladas; son tiempos con una profundidad propia. Cuando esa dimensión se trivializa o se diluye entre actos lúdicos que nada tienen que ver con su contenido, el empobrecimiento es real, aunque a veces no se perciba de inmediato.
No se trata de prohibir tradiciones populares ni de generar confrontación. Tampoco de señalar a nadie. Pero sí de recordar que el calendario litúrgico no es un decorado sobre el que se superponen actividades públicas sin referencia a su significado. Es parte de nuestra identidad histórica y espiritual, y merece ser vivido y comprendido en su verdad.
Tal vez el desafío no sea eliminar celebraciones vecinales o iniciativas culturales, sino aprender a situarlas en su lugar adecuado. Lo popular tiene su ámbito; lo sagrado, el suyo. Y cuando las manifestaciones externas sustituyen o eclipsan el contenido espiritual de los tiempos litúrgicos, corremos el riesgo de vaciar de sentido aquello que durante siglos ha dado forma a nuestra tradición.
Como Cofradía, sentimos la responsabilidad de custodiar esa verdad. La Cuaresma no es tiempo de espectáculo, sino de conversión. No es tiempo de ruido, sino de interioridad. No es una antesala decorativa de la Semana Santa; es su fundamento. Y quizá esta reflexión no siempre resulte cómoda, pero creemos que es necesaria.
Si perdemos el sentido de los tiempos, perdemos también el sentido de lo que celebramos.
Cada tiempo tiene su verdad.
Y la Cuaresma nos pide valentía para vivirla con autenticidad.
M Nieves Jiménez Bonet
Presidenta de la Cofradía del Santísimo Cristo del Cementerio
y de la Junta Coordinadora de Cofradías de la Ciudad de Ibiza



